
Simulacro de incendio
Febrero 27, 2007Después de una semana de vacaciones en estado vegetativo, volví a la Plataforma para encontrar que Miguel tenía encabronada a una plantilla acostumbrada al trato más exquisito y equivocado que les suelo dispensar. Aún así, aquella semana iba transcurriendo con normalidad hasta que las nieves del camino se cruzaron en nuestra ruta y nos vimos abocados a recibir a un proveedor en la hora de salida de mis niños. ¿Y qué hicieron ellos tras estar toda la semana marchándose a casa una hora antes de lo estipulado? Quedarse 45 minutos para preparar esos pedidos, pensará el lector bienintencionado. Pues no, oiga. En nombre de no se sabe muy bien qué, con mil motivos y con ninguno, los niños (los míos) decidieron plantarse (todos juntitos, prietas las filas) y largarse a casa dejándonos a Miguel y a un servidor con 26 palets por separar y colocar. Para más inri, Vanessa, nuestra favorita, al parecer, estaba de vacaciones y por tanto, un apoyo seguro (un corazón con mente propia) nos había desaparecido. Lo que nos hubiese llevado 45 minutos se convirtió en dos horas y media (nos sobran huevos, que decía mi ex-encargado) y un rebote de dimensiones bíblicas.
¿Las primeras consecuencias? Decidimos hacer cumplir la ley a rajatabla. Horarios de pe a pa, a merendar de uno en uno, fuera música. Y nos duraron una jornada, concretamente la del sábado siguiente. Es decir, el día después del sarao. El lunes, tal y como habían solicitado nos reunimos todos con Jorge para que expusiesen sus motivos y defendernos si era menester. No hizo mucha falta. Reculando de uno en uno, con Esmeralda como declarada instigadora del motín (siempre tan joven, con tanta energía para todo, con esa cabecita loca, ay, que me duele como si fuese la mía) por una animadversión personal declarada hacia mi socio convertida en enorme bola de nieve Everest abajo. Ante la debilidad de los intentos de argumento y con el atenuante de la disculpa por las formas de la protesta que tuvieron a bien declarar, todo quedó en agua de borrajas y al día siguiente la jornada volvió a terminarse con la producción, una hora antes y cada cual volvió a su olivo. Un simulacro de incendio con unos tiempos patéticos, que demostró que podía haberse calcinado mucha gente.
Y yo que juraría que, de todas formas, olía a quemado…