
Acólchenme los armarios
Enero 4, 2007El día que corté la cinta inagural de esta página, Miguel se cargó la puerta de un armario de la oficina en un “puñetazo de descarga” provocado por una tal Nancy, capaz de poner nervioso a un muerto.
Seguro que da la impresión de que todos mis niños son irreductibles máquinas de preparar pedidos leyendo lo escrito hasta ahora pero… no, todavía sufrimos a una sacadora de quicios. Responde al nombre de Rali (Ralita, para Elsa) y ha hecho famoso en la nave su grito de guerra:
“Antchonioouuuu”
Gritando desforadamente mi nombre, esperando, claro, que sea yo el que me cruce la Plataforma como si fuese una estrella de cine (Melanie, para más señas), echando espumarajos por la boca pra ver qué coño le pasa esta vez, qué coño ha hecho mal esta vez, cuántas putas bandejas le sobran, cuántas puñeteras cajas le faltan, qué cojones de pantalla nueva ha conseguido obtener a base de torturar la pístola… Es menos divertido de lo que suena, aunque yo sé que a mis niños les hace gracia verme desoyendo al enanito que se posa sobre mi hombro y me susurra: “Mátala, mátala ahora”. Todo en ella me pone enfermo y solo la esperanza de un mañana mejor me mantiene vivo y a salvo de convertirme en un sádico asesino. Su gorra amarilla, sus incontables visitas al baño (tiene que tener dirección postal allí, porque si no es inexplicable, yo que conozco la fisiología del cuerpo humano, que una persona pueda fabricar tanta orina), su indolencia, sus infinitos cambios de batería, las trescientas veces que tengo que decirle una cosa para que la haga…
Acólchenme los armarios, ajusten bien los tornillos, que me vuelvo a la oficina.